domingo, 20 de enero de 2013

Jugando contigo


Estaba claro que Ramón, mi amigo gordito, te había caído muy bien, y no solo por la follada que habíais escenificado, sino porque le veías madera para embarcarlo en alguno de los juegos eróticos con los que siempre fantaseabas. Así que la sorpresa con que lo había tentado después de su anterior, y para él de lo más excitante, visita pronto iba hacerse realidad.

Había algo que te ponía muy a tono y que algunas veces poníamos en práctica. Se me ocurrió que el refuerzo de Ramón sería muy adecuado. A él también le encantaría y seguro que le añadiría morbo al asunto. Para planificarlo todo, era conveniente que, en esta ocasión, viniera antes que tú. El que se perdiera tu exhibicionista recepción en slip quedaría compensado con creces. Tuve tiempo pues para ponerlo al tanto de lo que se trataba de hacer, a lo que se adhirió con entusiasmo, así como para los preparativos iniciales. Por supuesto, aunque tú sabías del interés del gordito en volver, no te concreté cuándo sería.

Precisamente ese día llegaste algo sofocado y ansioso por disfrutar de refugio. Pero, en cuanto avanzaste desde la entrada para buscarme, Ramón, arteramente ocultado, te cubrió la cabeza con una bolsa de tela negra. Tu desconcierto inicial pronto dio paso a la certeza complacida de que te esperaba diversión. Lo que se confirmó cuando percibiste que te desnudaban a cuatro manos. Remugabas mientras soportabas el despojo de la camisa y el ineludible estrujamiento de las tetas. Las resistencias del pantalón iban siendo vencidas y, cuando cayó, tu slip ya acusaba los efectos. Quien te lo bajaba poco a poco te sobaba el culo y, por delante, tu polla hacía acto de presencia. “Ya sé quienes sois, viciosos... ¡Qué manera de abusar de mí!”. Más que queja sonaba a incitación. Alargabas las manos para tratar de tocarnos. “¡Umm... un culo gordo! ¡Golfos, ya estáis despelotados...!”.

Antes de entregarte a nuestros juegos quisiste pasar por la ducha. Pero no ibas a ir solo... Entre achuchones te llevamos al baño y, una vez que el agua alcanzó la temperatura adecuada, te empujamos bajo la aspersión. “Con esto en la cabeza no veo para lavarme”, protestaste. “No te preocupes, para eso estamos”, contesté. Y nos metimos contigo. Resignado, apoyaste los brazos en alto contra la pared y tu cuerpo quedó a disposición de nuestras manos enjabonadas. Éstas se afanaban desde las axilas hacia el pecho y la barriga, arremolinando el vello de tus tetas y puliendo los pezones como si hubiera que sacarles brillo. Ramón se hizo cargo de tu culo restregándolo e introduciendo dedos jabonosos. “Te lo voy a dejar como los chorros del oro”. “¡Joder, si me lo estás calentando...!”, fue tu réplica. Los huevos y la polla, como no podía ser menos, fueron objeto de cuidadosas friegas. Como a estas alturas la tenías bien tiesa, las jabonosas frotaciones te hacían bramar. En el momento del enjuague, descolgada la ducha, era proyectada perversamente a las partes más sensibles. Te distendí el culo estirando de los lados y Ramón se ensañó aclarándote la raja. “¡Parece que me hayáis metido en un lavacoches!”, exclamaste. Pero se te notaba el gusto que estabas teniendo.

No podía faltar un secado a conciencia y bien sensual. Al fin te quitamos la bolsa mojada de la cabeza, pero dificultando tu visión con la toalla. Rápidamente fue sustituida por una banda de tela que volvió a sumirte en la oscuridad. “¡Qué estaréis tramando, so cochinos! ¿No os da vergüenza tratarme así?”. “Lo que te vamos a dar es otra cosa”, te contestó Ramón, que le estaba tomando afición al asunto. Sin dejar de dificultarte los movimientos, pasamos a una sujeción más contundente. Te fuimos colocando unas tobilleras y unas muñequeras de cuero, y ligamos éstas por detrás. Aún más, como Ramón sabía que teníamos un buen surtido de juguetes, quiso empezar a usarlos. Escogió un pollón de goma y lo untó de aceite. Te hicimos inclinar hacia delante y te lo clavó en el culo sin compasión. Diste un salto, pero te quedó retenido, asomando solo los huevos simulados.

Así anduviste desorientado balanceando la polla, a la que dedicábamos toques por sorpresa. Viéndote así, Ramón estaba excitadísimo y descubriendo entre los juguetes unas pinzas unidas por una cadenita, no tuvo empacho de ponértelas en los pezones. Gemiste asumiendo tu papel de víctima, pero tu verdugo te compensó con una mamada de consolación.

Pero cambiaste bruscamente de posición, pues te arrastramos hasta la cama y te dejamos caer de bruces sobre ella. Tú, muy golfo, como notaste que con la caída se te salía del culo la polla de goma, te la volviste a apretar aun con las manos atadas. “Mientras no me folléis me va dando gusto”.

Esta osadía tuya soliviantó a Ramón. “Como antes de follarte tenemos muchas cosas que hacer, te iremos poniendo el culo contento”. Ya le había echado el ojo a otros juguetes y decidió experimentar. Te sacó de sopetón lo que obstruía tu agujero, que hizo un ruido de descorche. “Vamos a probar esto”. Y empezó a meterte unas bolas chinas, de una en una, hasta que solo quedó fuera la argolla de remate. El frío del acero te hacía estremecer a cada entrada.

Para dar más marcha al juego, escogió un vibrador largo y estrecho de forma torneada. Te lo introdujo a tope y lo puso en acción. Variaba las velocidades y a su ruido se unía el entrechocar metálico de las bolas. Soportabas la combinación morbosamente y, cuando Ramón paró el artefacto, suspiraste aliviado.

Pero el plan seguía adelante y, aprovechando tu relajación momentánea, te dejamos con las bolas dentro y te hicimos poner boca arriba. Por las argollas de muñequeras y tobilleras pasamos unas cuerdas, para con ellas ligarte a las cuatro esquinas de la cama. Tu excitación no decrecía y la polla te lucía bien gorda.

Mientras yo sustituía por mis dedos las pinzas de tus pezones para pellizcarlos. Ramón te estrujaba los huevos y sacudía la polla. Cuando empezó a chuparla y a masturbarte, lo increpaste: “¡Qué manera de ordeñarme, cabrón... A tu culo tendría que ir mi leche!”. Pero el gordito ya estaba en ello. Sin soltarte, me pidió por gestos que le untara de aceite la raja y, dando un salto sobre la cama, se sentó sobre tu verga a punto de reventar. Te cogió por sorpresa y, al sentir cómo te entraba, lo enardeciste: “¡Salta con fuerza, traidor, que la tengo ardiendo!”. Y vaya si lo hizo, mezclando sus resoplidos a los tuyos. “¡Te va a salir por la boca... Me corroooo!”, fue tu último aviso.

Aprovechando tu relajamiento soltamos las ataduras, pero solo para darte la vuelta y sujetarte de nuevo. Ahora ya sabías lo que te esperaba: “Vaciado por delante, me vais a castigar el culo ¿no? Pero dejaros ya de juguetitos. Quiero pollas bien calientes”. Como castigo a tu insolencia, la primera medida fue dar un tirón de la argolla que te salía por la raja y sacar de golpe todas las bolas. Soltaste un bramido y quedaste exangüe. “Como no querías juguetes...”, fue mi cínica explicación.

Cuanto más ansioso estabas de que de diéramos por el culo por partida doble, más te hacíamos sufrir. Nos poníamos a los lados de la cama y arrimábamos las pollas a tus manos cautivas para que las tocaras. ”¿Están a tu gusto?”. Te echábamos aceite por la espalda y la raja del culo, chorreándote sobre los huevos. Ramón metió la mano y te agarró la polla. “¡No pretenderás ordeñarme otra vez! ¡Cumple como un hombre!”, lo increpaste.

Te íbamos rozando una y otra polla por los alrededores de la raja. Tú te removías exasperado. “¡Lástima que no podáis meterlas las dos a la vez!”. Reconociendo que la de Ramón era más gorda que la mía, decidí empezar yo, para no encontrar luego el agujero demasiado dilatado. Cuando por fin te la clavé de un solo golpe, exclamaste: “¡Este es mi chico! Dale fuerte como a mí me gusta, pero aguanta y que dure, con todo lo que me habéis hecho esperar”. Traté de cumplir controlando el placer que sentía al removerme en su ardiente interior. La sacaba y la volvía a meter incrementando el impacto en el culo que hacía un efecto de absorción. “¡Me gusta, me gusta! ¡Cómo lo estaba deseando!”, balbucías. Ramón entretanto se la meneaba ansioso por reemplazarme. Cuando no iba ya a poder resistir más, para no dejarle la vía pringosa al que venía detrás, me salí y, con un vigoroso pase de mano, me corrí sobre tu rabadilla.

“¡Venga esa polla, nene, que la tienes tan gorda como el culo!”, fue tu reclamación casi inmediata. Ramón, excitado a más no poder, te cayó encima con el impulso de un obús. Bien dentro de ti, se removía sin despegarse. “¡Joder, cómo me estás dilatando el agujero!”. Mientras tanto, yo te iba soltando las ligaduras, para que pudiera follarte con al grupa levantada. En cuanto tuviste libertad de movimientos, efectivamente, encogiste las rodillas y quedaste con el culo en pompa. La entrada en horizontal de la polla de Ramón te arrancó un alarido, pero a continuación: “¡Ni se te ocurra sacarla hasta que me llenes de leche!”. En un bombeo continuado, acompañado de fuertes palmadas laterales, Ramón se agitaba convulso. “¡Así te gusta, eh! Hasta te has quedado callado...”. El aguante que demostraba iba minando tu resistencia. “¡Qué polla más destrozona! ¡Córrete ya!”. No le hacía falta ninguna orden porque, pegándose estrechamente, tremoló varias veces con un “ufff” prolongado. Cuando se separó, echaste las manos atrás y te abriste la raja como para airearla. “¡Me he quedado en la gloria, chicos!”.

Ahora te arrancaste por tu cuenta la banda que había tapado tus ojos, y nos dirigiste una mirada de lascivia saciada. Quedaste un rato de lado como si tuvieras el culo escaldado y no te atrevieras a ponerte sobre él.

Al fin te echaste boca arriba, y te desentumecías de la sujeción que habías soportado. Pero no tardaste en abrir los brazos reclamando que nos colocáramos a ambos lados. Tan constreñido habías estado, que querías abrazarnos y sobarnos. Llegaste a buscar con la boca las pollas que, aún ablandadas, conservaban el calor de tu culo. Por contraste, la tuya se iba poniendo dura de nuevo.

No se nos escapó el detalle y los dos nos aplicamos con el tentador juguete. Lo pasábamos de las manos o la boca de uno a las del otro, y tú te ibas excitando con los cambios de ritmo. Intentaste abrirte paso con tu mano para acelerar el desenlace, pero te lo impedimos para prolongar nuestro juego. Porfiaste tanto, sin embargo, que hubimos de dejarte hacer. Y cuando la leche te empezó a brotar nuestras lenguas la fueron recogiendo con lamidas.

Definitivamente quedaste derrengado, libre de ataduras y vacío de leche.


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