sábado, 17 de marzo de 2012

Un Alumno Especial


Llevaba más de 10 años en el mundo de la enseñanza, dando clases de dibujo en un centro de formación profesional, y habían pasado mucho chicos por mis manos, en sentido figurado claro está, porque nunca se me hubiera ocurrido ponerle la mano encima a ninguno de mis alumnos. Ya lo dice el refrán: “donde tengas la olla, no metas la polla” Y no era por falta de ganas, porque durante todos esos años habían pasado ante mí muchos chicos imponentes, en la flor de la vida, con los cojones repletos de caliente leche... pero inalcanzables para mí.


Nada más conocer a Miguel, el primer día de clase, me di cuenta de que era un chico especial. Apenas tendría 20 años, pero su cuerpo era el de un hombre hecho y derecho. Era alto, robusto, ancho de espaldas y tenía un aspecto un poco rudo, como de chico de campo.. Poseía un bello rostro en el que destacaba una perilla bien cuidada. Llevaba el pelo muy corto, casi rapado. Si la parte superior de su cuerpo era espectacular, la parte inferior era todavía mejor. Era bastante ancho de caderas y como casi siempre llevaba pantalones vaqueros ajustados, sus carnes prietas siempre aparecían perfectamente marcadas, como si fueran a reventar. Y es que su culo era algo difícil de describir: ancho, poderoso, con unas nalgas redondeadas que debían estar duras como rocas, porque Miguel tenía pinta de hacer mucho ejercicio. Eso sí, tampoco parecía que le hiciera ascos a la buena vida, porque en la parte inferior de su tronco se adivinaba una incipiente tripita.


El paquete también se las traía, ya que el voluminoso bulto que dibujaba sus pantalones prometía mucho... Cada vez que lo sacaba al encerado me quedaba absorto con la visión de sus cuartos traseros y delanteros. No sé si él o sus compañeros se daban cuenta, pero yo me quedaba como medio paralizado.


Por si todo eso fuera poco, el chicarrón tenía un carácter afable y abierto. No era el mejor estudiante de su grupo, pero siempre estaba dispuesto a aprender y era el primero en echar una mano.


Al principio trataba de negarme a mí mismo que aquel chico me atraía muchísimo y que su presencia me llegaba a alterar. Pero un día hice un descubrimiento que me terminó de convencer de aquel chico me volvía loco. Estaba paseando por el aula, entre las mesas de los alumnos, aclarando sus dudas, cuando al pasar por detrás de Miguel, pude observar como la parte superior de sus estrechos había cedido ante la presión de su carne y dejaba bien a la vista su ropa interior. La visión de aquel trozo de calzoncillo blanco de algodón me provocó una erección casi instantánea que a duras penas pude disimular tapándome la entrepierna con un cuaderno.


Aquel día salí azorado de clase, pensando en tomar una ducha fría para aliviar los calores producidos por el incidente de los calzoncillos. Pero la situación se volvió a repetir cada día y es que cada vez que se sentaba ocurría lo mismo. Y yo claro no quería perderme aquel inusual espectáculo. Por eso, no dejaba dar de vueltas por el aula, casi siempre por detrás de mi adorado Miguel. Yo sabía que no iba a pasar nada más entre nosotros y por eso me atraía tanto ese jequecito.


Pero un día ocurrió algo imprevisto, o quizás no tanto. Yo me encontraba en el despacho del nuestro departamento. Compartía el despacho con otros 3 profesores, pero en aquel momento estaba sólo y seguramente lo estaría toda la tarde. De pronto, tocaron la puerta y le dije que pasara. Seguramente sería algún alumno que venía a hacer alguna consulta, y es que los exámenes de evaluación estaban cerca. Pero no era un alumno, era EL ALUMNO. Era Miguel con su corpachón de leñador y su sonrisa en los labios.


- ¿Puedo pasar? Tengo que consultarte algunas cosas.


- Pasa, pasa, ahora estoy bastante libre.- y le dediqué una de mis mejores sonrisas, tratando de disimular mi nerviosismo, un nerviosismo que en el caso de cualquier otro alumno sería extraño, pero que con él estaba justificado.


Se acercó a mí y me preguntó por algunas cuestiones relativas al examen de la próxima semana. Era un chico aplicado y se preocupaba por preparar bien las cosas.


- Si quieres te lo puedo explicar con ayuda del ordenador. Creo que lo entenderás mejor.


- Bueno, si no te importa.


- Claro que no, hombre. Estamos para ayudaros.- respondí, una mostrando una amabilidad que no sé si hubiese tenido con algún otro alumno que me hubiera venido en las mismas circunstancias. Miguel pasó por delante de mí y colocó su hermoso trasero en el asiento del ordenador.


- Bien, vamos allá.- y comencé a darle indicaciones de lo que tenía que hacer.


Miguel controlaba bastante bien el programa de dibujo y se manejaba con facilidad. Pero, de vez en cuando, tenía que coger yo el ratón y explicarle lo que tenía que hacer. En ese momento mi cara se acercaba mucho a la suya y podía percibir el olor a macho que despedía su cuerpo. Aquel olor me excitaba mucho y aunque yo trataba de concentrarme en el programa de dibujo y en las explicaciones, otras ideas rondaban mi cabeza.


De pronto, una de las veces que mi rostro se acercó al suyo, el se giró y se quedó mirándome fijamente, a muy pocos centímetros de mi cara. Me sonrió y acercó sus labios. Ante aquella invitación, no pude resistirme y me abalancé sobre su boca, sin pensar en lo que estaba haciendo. Nuestros labios y nuestras lenguas se encontraron y se unieron en un beso apasionado. No sé si duró 5 segundos o media hora, pero cuando nos separamos creía haberme quedado sin aire en los pulmones.


- Perdona.- fueron las primeras palabras que salieron de aquella boca que acababa de explorar.- yo no quería... no sé lo que me ha pasado...


- Soy yo el que tengo que pedirte perdón. No es de recibo que actúe de esta manera, tan... inconsciente. Quizás debamos dejarlo.- respondí, tratando de justificar mi acción.


- La verdad es que lo estaba deseando desde la primera que entré en tu clase. Y creo que tu también estabas por la labor.- y me guiñó uno ojo


- ¿Qué quieres decir? ¿Qué te habías dado cuenta de cómo me excitabas?


- Pues claro que sí, aunque me mirabas de reojo, siempre te pillaba. Y cuando pasabas detrás de mí, sabía que seguramente me estarías mirando el culo. La verdad es que eso me excitaba a mí también.


- Yo... - me quedé sin palabras con las que justificarme


- No es momento de hablar, sino de hacer.- Y acercándose a mí me dio un fuerte abrazo, como el de un oso. Puede sentir todo el calor de su enorme corpachón. Nuestras lenguas se volvieron a mezclar, con mayor voracidad si cabe. Mis manos empezaron a palpar su inacabable espalda hasta que llegaron al culo. Atrapé con fuerza una de sus nalgas para comprobar si estaban tan duras como había imaginado. Y lo estaban. No conformándome con eso, introduje la mano bajo sus pantalones y pude notar el calor de su carne. ¡Estaba ardiendo! Cuando el chicarrón notó el contacto de mi mano con su piel, me apretó aún más contra su cuerpo y sus besos se hicieron más salvajes aún.


- Espera un poco.- le dije, mientras intentaba soltarme de aquel dulce aprisionamiento.- voy a cerrar la puerta, no sea que algún desgraciado nos fastidie la fiesta.


Mientras yo me encargaba de cerrar la puerta, Miguel se quitó la camiseta dejando a la vista su pecho fornido. Tenía poco vello y unos músculos marcados. Me abalancé sobre él y empecé a chuparlo de abajo a arriba como si se tratara de que no se me escapara. Poco a poco fui descendiendo por su apetitoso cuerpo hasta concentrarme en su vientre. Aunque era un chico muy deportista, seguro que también se zampaba sus buenos chuletones y se tomaba sus buenas cervezas y por ello su estómago no estaba liso, sino que estaba ligeramente redondeado.


Hundí mi cabeza en su vientre y mi lengua comenzó a jugar con su ombligo. Pero podía sentir que algo duro y caliente palpitaba cerca de mi cara. No pude aguantarme más y le di un mordisco a su paquete, a través del pantalón vaquero. El chicarrón soltó un pequeño lamento, como si hubiera notado el ímpetu de mi boca hambrienta.


- Estate tranquilo, que pronto vas a poder saborear mi polla.- me dijo al alumno, orgulloso de que perdiera la cabeza por él.


Miguel atrapó el cinturón con una de sus poderosas manos y lo soltó con un rápido movimiento. Empezó a bajarse la cremallera de la bragueta. Un enorme bulto empezó a asomar y mi boca se abalanzó sobre él para atraparlo. Estaba duro como una roca y caliente como el fuego. Quería saborear aquel pedazo de carne y con ayuda de la mano lo liberé de la prisión de la blanca prenda. Era realmente hermosa, grande, poderosa, coronada por un capullo rosado. Digna de un mastodonte como aquel.


Sonreí a mi joven amante y agachándome una vez más, lo introduje en mi boca, con suavidad en un principio, pero con la voracidad del que lleva mucho tiempo que ocurra algo así. Apenas me cabía en la boca, pero yo no quería soltarla por nada del mundo.


El chicarrón empezó a jadear mientras me acariciaba la cabeza con su poderosa mano. Mi lengua jugueteaba con su tranca, recorriéndolo de arriba abajo, chupando cada centímetro cuadrado de aquella maravilla de la naturaleza.


Así estuvimos durante varios minutos hasta que Miguel separó mi cabeza de su pollón, mientras decía:


- ¡No sigas, que me voy a correr!


Y después de decir esto me agarró por la cintura y me levantó hasta sentarme en la mesa. Atrapó mi bragueta y la separó con sus fuertes manos hasta liberar mi polla, que estaba dolorida de aguantar dentro del pantalón.


El chaval se relamió los labios y al poco pude sentir como sus gruesos labios se asían a mi polla y empezaban a succionar, primero lentamente y después con todo ímpetu. Empecé a retorcerme de placer y a doblarme hacia atrás, para poder soportar todo el placer que me estaba dando aquel animal. Esta vez fui yo el que tuve que apartarle ya que empecé a notar que el líquido seminal empezaba a subir con fuerza por el interior de mi aparato.


- ¿Te han comido alguna vez el culo? .- le pregunté, todavía jadeante


- No.- me contestó, mientras se dibujaba una mueca de extrañeza en su hermoso rostro.


- Pues ahora verás lo que es bueno.


El alumno se puso a cuatro patas, apoyando su enorme corpacho sobre la mesa. Me coloqué detrás de él y empecé a bajar lentamente su pantalón vaquero, acariciando lentamente aquel culo que tantas veces me había vuelto loco. Tenía un trasero grande, duro y cubierto por una notable mata de vello, especialmente en la zona de la raja. Me dedo se paseó por ésta y Miguel dio un respingo al notar un cuerpo extraño jugueteando en una zona tan delicada.


- Tranquilo.- le susurré al oído, mientras con la otra mano acariciaba su casi pelada cabeza.


A continuación, me agaché tras él y separando suavemente sus nalgas hundí mi cabeza, utilizando la lengua como si fuera un estoque.


Miguel soltó un juramento aprobatorio cuando la punta de mi lengua entró en contacto con su sonrosado agujero. Una vez lo hube atrapado, empecé a juguetear con él, recorriéndolo con rápidos movimientos. El chavalote se puse a bramar y por el movimiento de todo su cuerpo estaba claro que le gustaba gustando la nueva experiencia.


No conformándome con el jueguecito, empecé a mordisquearle toda la zona del trasero, incluidas las peludas pelotas que le colgaban entre las piernas.


- ¡Dios!!! ¡¡Fóllame, que estoy más caliente que un burro...!!.- gritó Miguel, fuera de sí.


Le di una fuerte palmada en su fenomenal trasero, una palmada que resonó en todo el despacho.


- Ahora mismo te voy a perforar.- le respondí, mientras colocaba mi polla en la abertura de su culo. No tenía un pollón tan descomunal como mi alumno, pero en aquel momento mi ariete parecía una barra de hierro dispuesto a destrozar aquel peludo agujero.


No teníamos ningún lubricante, por lo que tuve que soltarle un par de escupitajos para humedecer su culo. Por suerte, el chico estaba tan excitado que al introducirle uno de mis dedos para repartir la saliva, se abrió de par en par. Estaba preparado y ansioso de ser follado.


Coloqué la punta en la entrada de su agujero y de un fuerte golpe de riñón, lo introduje de una sola estocada. Debió dolerle aquel golpe, pero Miguel era muy hombre y en vez de quejarse apretó los puños y los dientes.


- ¡Así, así! ¡Métemela toda!.- gritó mientras su agujero se abría al máximo para recibir toda mi carne.


Empecé a cabalgarle y mis enculadas fueron haciéndose cada vez más violentas, como si tratara de resarcirme de todos aquellos años observando a mis alumnos, sin poder hacer con ellos lo que me hubiera gustado. Por si fuera poco, agarré con una mano el cipotón de Miguel y empecé a hacerle una salvaje paja. Mi polla estaba a punto de reventar y aunque hubiera querido aguantar así durante horas, llegó la hora de la explosión final. Un fuerte chorro de leche caliente salió de mis pelotas e inundó las entrañas del chicarrón, en una corrida irrepetible. Mientras yo soltaba las últimas gotas, el chico también entró en erupción y después de soltar un sonido infrahumano, empezó a correrse en mi mano, que quedó impregnada de su caliente semen. Aquel polvo había el más increíble de mis 34 años de existencia.


Ambos estábamos empapados y exhaustos por el esfuerzo, así que nos sentamos en el suelo, abrazándonos y besándonos, celebrando el increíble momento que habíamos vivido.


- ¿Sabes que ha sido la primera vez que me han dado por el culo?.- me dijo, mientras sonreía.


- Y...¿Qué te ha parecido?


- ¡Ufff! Ha sido cojonudo...pero la próxima vez seré yo el que te folle.


Dicho y hecho. Una vez nos hubimos recuperado volvimos a la faena, con mayor ímpetu si cabe y esta vez fue mi culo el que probó las excelencias de su pollón.


Lógicamente Miguel aprobó mi asignatura sin ninguna dificultad, aunque no me hubiera importado que hubiese suspendido, para tener que darle un par de clases particulares en mi despacho... Después de Miguel hubo otros chicos, pero ninguno tan especial como él.


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